JULIÁN PÉREZ: HISTORIA (2021)
«La propuesta narrativa de Historia resulta una contribución esencial para la reflexión sobre las tensiones entre las diversas memorias subalternas, archivos de lo afectivo, y la memoria oficial».
Género del libro reseñadoNovela

Crítica
JULIÁN PÉREZ: HISTORIA (2021)
REGIÓN: AYACUCHO
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2021
EDITORIAL: ACHAWATA
La obra de Julián Pérez Huarancca (Ayacucho, 1954) ocupa, con justicia, un lugar gravitante en el campo literario de nuestro país. Fue con Retablo (2004) que alcanzó una repercusión nacional y hasta internacional, y ha causado el mismo interés entre lectores diletantes y especializados. En esta novela, según Miguel Gutiérrez, Julián Pérez crea «un estilo propio que escapa a las dos maneras de escritura que, en general, se habían impuesto en la literatura andina postarguediana» 1. A partir de ese momento, sus posteriores publicaciones cimentaron un proyecto narrativo insoslayable que, en los marcos de la literatura de la violencia política, reflexiona, a través de la memoria, la identidad andina y el trauma del conflicto armado, sobre la formación conflictiva de la nación. Las premiadas Criba (2014), ganadora del Premio Copé de Oro, y Anamorfosis (2017), Premio de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro, expanden el universo iniciado con Retablo, a las que se suma Historia (2021), su última novela y la más ambiciosa.
Como en sus anteriores ficciones, Ayacucho —y en especial sus localidades interiores— sirve como escenario al viaje de ida y vuelta (entre Pumaranra, Cangallo, Pampas de Tayacaja y otras localidades), un viaje no solo espacial sino temporal, de su personaje principal y narrador Idelfonso Quintanilla Waranqa. Historia (2021) es el relato de la búsqueda de sus orígenes, del «guarismo» que inició esa «estirpe irredenta», intercalado con la narración ficcional de ese origen. Dividida en cuatro partes, cada una con dieciocho capítulos, el relato atraviesa periodos históricos fundacionales de nuestro país que marcarán el devenir de la pacarina del narrador.
En la primera parte, el proceso independentista es el marco histórico del encuentro fundamental que dará inicio a la estirpe de los Waranqa-Maqerwa. Puka-Toro, soldado patriota que huye de las huestes realistas, llega a Lliwllipampa, donde recibe la ayuda de Petronila Waqerwa, mujer andina de «alto pensamiento, pero de bajo destino». Aunque el inicio parece idílico, pues la atracción surge entre ellos, el fragor de los tiempos los alcanza violentamente. Elegir la violación como hito fundacional de la estirpe plantea que esa violencia sobre la que se funda la nación se proyecta directamente sobre los individuos, sobre su memoria y sobre su cuerpo. El narrador, Idelfonso Quintanilla Waranqa, identifica este trauma transgeneracional siendo él el último eslabón capaz de dar voz a esa «estirpe irredenta». Para ello, debe cuestionar el discurso de la historia oficial, pues en ella no están los héroes anónimos ni las mujeres y hombres que fueron determinantes en cada batalla. Puesto que la memoria escrita no provee las fuentes requeridas para reconstruir su pasado, es en la memoria oral de los descendientes donde debe buscar los retazos de esa historia. Asimismo, el narrador opta por una escritura que rompe «las reglas y el tono pulcro de la historiografía»: la subjetividad se impone a la enunciación neutra u objetiva, y el narrador interrumpe constantemente el relato para reflexionar sobre las intenciones y la postura reivindicativa de su proyecto narrativo.
En la segunda parte, el narrador rastrea la actuación de Bonifacio Waranqa, su segundo abuelo, en la Guerra con Chile. Como el primer varón de la estirpe, Bonifacio se unirá a las montoneras de Andrés Avelino Cáceres, foco guerrillero que representaba la resistencia a la invasión chilena en la sierra central de nuestro país. Al igual que sus personajes, el narrador emprende un viaje de búsqueda: recorre los lugares por donde su segundo abuelo estuvo; cada piedra y cada fruto guardan la memoria del periplo de los hombres. En consecuencia, la voz del narrador tiene mayor participación en el relato, se perfila como un personaje más y conocemos su historia reciente y sus relaciones familiares. También se dan luces sobre la situación y el lugar de enunciación del narrador. Escribe apremiado por un final que intuye cerca, signado por la tragedia que dio origen a su familia. Desde ese presente brumoso, sus reflexiones sobre la escritura responden más a la urgencia de lo desconocido, casi como un mandato que trasciende al sujeto.
Continuando con el relato, en la tercera parte se sigue a Bonifacio Waranqa después de la guerra. Su familia regresa a su estancia de Mollepuquio. La vida transcurre con cierta calma hasta la llegada de Fausto Amorín, hacendado rico que se hace de poder político tras el conflicto. Este representa en el relato las nuevas dinámicas de poder en la convaleciente república: el sujeto andino solo participa del proyecto de nación como súbdito, expoliado de sus tierras, dependiente de la gracia y voluntad del hacendado. En ese sentido, las tensiones entre el hacendado y la comunidad llevarán a la cárcel a Bonifacio. La ley sirve como dispositivo de coerción y sometimiento, no de justicia. En paralelo, el relato del narrador comienza a problematizar la idoneidad de sus fuentes, pues la densidad del pasado sobrepasa a la memoria escrita y a la oral. En ese escenario, el narrador descubre las novelas Retablo y Criba de un autor con el que cree tener algún parentesco. La lectura lo motiva a incluir en su relato partes de las novelas que mejor explican esas zonas densas de su historia. De ese modo, el discurso de la ficción también se incluye como fuente en la formación de la identidad del narrador.
Por último, en la cuarta parte la trama gira en torno al retorno de Idelfonso Quintanilla a Chuncho. En ella se refugia para terminar su investigación sobre sus antepasados. Sin embargo, como un sino que atraviesa a todas las generaciones, la tragedia lo persigue. Su retorno supone una amenaza para algunos familiares, así como para las fuerzas políticas que luchan para capturar el poder en la zona. Como si la historia fuera cíclica —como efectivamente es en la cosmovisión andina—, el pasado se repite y repercute en los sujetos y en la comunidad. El narrador termina su historia donde empezó la de su estirpe, en las mismas circunstancias y trágicamente. Paralelamente, aunque ocupa pocos capítulos, se narran las circunstancias de la desaparición de su primo Tanis, implicado en la muerte de su tía abuela y también vinculado con los grupos terroristas en la zona. La brevedad de los capítulos, apoyada en el flujo de acciones y la poca descripción, da un ritmo vertiginoso a esta cuarta parte, como si fuera una metáfora sobre su destino inexorable.
Contra esa historia oficial que borra al sujeto escribe el narrador su historia personal, historia ligada a una historia familiar y a la historia de una comunidad que «fue desplazada al anonimato, negada, discriminada, relegada a la periferia, cancelada de un modo ominoso [...]» (p. 368). Consciente de esa heredad, su historia:
[...] solo es una tentativa, un escarceo, un deseo, una suposición; aunque claro, es también una inusitada porfía por decir lo que nadie dijo; por expresar lo que los muertos, mis queridos ausentes quisieron expresarlo a grito pelado, pero que no pudieron plasmarlo. (p. 172)
Sin embargo, frente a esta urgencia ética de dar voz a los sujetos marginalizados de la historia oficial, el relato tropieza irónicamente con sus propias omisiones. Es allí donde decae la propuesta narrativa de Historia y pierde profundidad. El relato se focaliza desde el punto de vista de los personajes masculinos, focalización predominante y excluyente, pese al rol gravitante de la mujer al inicio. Si bien en una de sus reflexiones el narrador se cuestiona sobre la melancolía de su abuela tercera:
Me pregunto siempre: ¿qué es lo que pone esa tristeza milenaria en el rostro de las mujeres andinas de alto pensamiento, pero de bajo destino? ¿A quién hacerle la pregunta? ¿Al estudioso defensor de las culturas nativas ancestrales o al supuesto conocedor del alma y de la racionalidad andina? (p.50).
Se abandona todo camino que responda esas preguntas; al mismo tiempo, las preguntas nos revelan cómo la tarea por conocer al otro se deriva siempre a un intérprete, pues por sí mismo el sujeto no puede nombrarse. Sin agencialidad ni profundidad psicológica, los personajes femeninos se desarrollan dentro de los marcos del estereotipo. Por ejemplo, tras la escena de la violación, no existe mayor conflicto que el de curar las heridas: asumen sus circunstancias pasivamente. Son ángeles del hogar que sirven como fuente de la memoria familiar, como Escolástica Medina. Otro personaje interesante sin desarrollar es la tía de Bonifacio Waranqa, Leonor Waranqa, con quien entabla una relación maternal desde su nacimiento.
Para concluir, con Historia Julián Pérez consolida un estilo que fue construyendo en sus publicaciones anteriores. Como afirmó Miguel Gutiérrez de Retablo, su propuesta se aleja de la retórica del realismo andino tan en boga en el siglo pasado, opta por una prosa moderna que le permite incorporar vocablos quechuas sin entorpecer la lectura ni excluir a lectores de otras realidades lingüísticas. Se aleja del tono folclorista, al contrario, representa sin solemnidad y con cierta ironía una realidad andina atravesada por los grandes eventos de la historia. La propuesta narrativa de Historia resulta una contribución esencial para la reflexión sobre las tensiones entre las diversas memorias subalternas, archivos de lo afectivo, y la memoria oficial.
1 Miguel Gutiérrez. «La novela y la guerra». En Libros y Artes, Nº 20 y 21. Lima: julio de 2007, pp. 18-25.

