GUSTAVO PINO: VELERO DE PAPEL (2025)
«En general, la lectura de Velero de papel no dejará indiferentes a los seguidores de la prosa de Gustavo Pino. Tiene momentos memorables y que sirven para recordarnos que estamos ante un narrador que ha logrado encontrar una pulsión y tenacidad narrativa de la que pocos pueden preciarse».
Género del libro reseñadoCuento

Crítica
GUSTAVO PINO: VELERO DE PAPEL (2025)
REGIÓN: MOQUEGUA
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2025
EDITORIAL: ALETHEYA
Gustavo Pino (Moquegua, 1991) irrumpió en el panorama literario regional con la publicación de su primer libro de cuentos La ciudad dormida (Aletheya, 2017). En este, Gustavo nos presentó un puñado de cuentos cuyas temáticas más relevantes eran el mundo adolescente, los descubrimientos, los ritos iniciales y el descontento político-social de los pobladores moqueguanos. Pino, con este libro, reclamaba ya —con paso firme y seguro— un espacio en la narrativa joven peruana, algo que terminó por confirmar posteriormente al publicar dos novelas: Un asunto frío y vulgar (Aletheya, 2019) y Hacia la frontera (Aletheya, 2021). El año pasado apareció Velero de papel (Aletheya, 2025), un texto misceláneo y esquivo a una clasificación definitiva, ya que en su interior encontramos estampas, memorias, anécdotas, cuentos y relatos de largo aliento; y si bien cada uno aborda temáticas distintas, en su mayoría comparten un mismo narrador que va hilando cada historia mediante una mirada nostálgica y reflexiva. La carrera literaria de Gustavo Pino, actualmente, ha alcanzado un nuevo estadio al ser reconocido con una mención honrosa en el Premio Copé 2026, en la categoría novela.
Velero de papel (Aletheya, 2025) está compuesto por dieciocho textos de variada extensión y temática. En todos ellos hay una voz narrativa en primera persona que nos va presentando pasajes vitales en su infancia y adolescencia mediante la focalización en un objeto o persona: el abuelo, un primo, un carro familiar destartalado, un amigo de infancia con una vida familiar tormentosa, palitos de helados D’Onofrio, una mujer con un pasado familiar, amigos de la infancia y un velero de papel que carga recuerdos imborrables. Aunque cada texto puede leerse de manera independiente, en su conjunto, el libro nos muestra un retrato contundente de las preocupaciones más íntimas del autor: las fisuras que deja en nosotros el paso del tiempo, la caducidad de las ilusiones juveniles, los secretos familiares, la violencia nacional y el deseo imposible de retornar a lugares o personas que fueron un refugio. Si bien en muchos textos la voz narrativa principal es anónima, en algunos pasajes descubrimos que es Ignacio Expósito el protagonista —alter ego de Gustavo que ya había aparecido en libros anteriores—, lo cual confirma la intención del autor por construir un universo narrativo personal.
Una de las virtudes de este libro es el lenguaje directo, firme, sin ambages y cinematográfico para recrear atmósferas altamente perceptibles. Nada escapa a la mirada del narrador. Todo parece susceptible de ser descrito. Las calles, los parques, el tráfico, el mar, las avenidas, el comercio ambulatorio, las risas, el campo, los transeúntes. Es aquí donde más se insinúa la influencia periodística en la escritura de Pino, buen heredero de la prosa documentalista de autores norteamericanos como John Dos Passos o Ernst Hemingway. Los objetos físicos y los espacios parecen resonar y tener un protagonismo importante que acompañan e interrumpen el desarrollo de las historias. Este tipo de lenguaje implica que, como lectores, nos detengamos un momento en el entorno antes de enfrentarnos a la dura realidad o al develamiento de un secreto que, al final de la historia, aparecerá para fulminarnos:
Mi tía abuela me tomó de las manos en medio de una temperatura fría como una imagen cinematográfica, se acuclilló para decirme algo o eso al menos esperaba. Solo sonrió. Primero estaba el plano general del espacio, un campo abierto de césped en otoño y maltratado, por el que caminamos sin decirnos nada. Luego un primer plano de su mano canela sujetando la mía. Podía sentir su calor y su aroma que se mezclaba con esa brisa que parecía del mar y que se contraponía a la del campo (p. 26).
Además, mediante estas descripciones panorámicas y objetivas, tenemos un mayor acercamiento a cómo el paso del tiempo y la llegada de la modernidad han extendido su influencia hasta espacios periféricos como el puerto de Ilo o la ciudad de Moquegua: «Canicas recorrían la callecita de tierra, ahora asfaltada» (p. 98).
De los textos contenidos en este libro, destaco «Buick 1960», «Travesuras moqueguanas», «Zaguán» y «Velero de papel». En ellos, el trabajo exorcizador que realiza el narrador sobre el pasado es magistral. Un objeto, un recuerdo o una persona se convierten en materiales literarios que el autor sabe cómo darles forma y manipularlas para dotarlas de un peso emocional que no dejará indiferente a ningún lector. «Zaguán» y «Travesuras moqueguanas» nos presentan la infancia como un territorio complejo, frágil y nebuloso. Es interesante cómo a partir de elementos pueriles —unos palitos de helado, galletas o unas revistas— los personajes acceden a un mundo cruel y sin retorno. En «Zaguán», el protagonista y su primo esperan completar todas las letras de la palabra bicicleta con sus palitos de helado para obtener ese premio mientras el descubrimiento de una revista pornográfica es el disparador para encontrarse con elementos como la culpa, el miedo, el sexo o el castigo; mientras que en «Travesuras moqueguanas» conocemos la historia de Anthony, un compañero de infancia que oculta una vida familiar compleja y distinta al protagonista, lo que implica que su amistad sea prontamente prohibida. En ambos relatos el descubrimiento de un mundo ominoso está muy bien conducido por la voz narrativa, que sabe cómo dosificar y conducir la narración, con descripciones contenidas, diálogos precisos, buena construcción de personajes, acción trepidante y un final contundente.
En «Buick 1960» y «Velero de papel» la carga simbólica está concentrada en un objeto en particular: una vieja ambulancia familiar cuyas múltiples funciones son una pieza fundamental en la infancia del narrador, y un velero de papel en cuya superficie lleva inscrita el nombre de sus amigos (Poncho, Natalia, Carlitos, la Trufa, Pablito) y que representa la fragilidad de las relaciones humanas ante los giros del destino. En ambos relatos está muy bien lograda la caracterización de las emociones, sentimientos y perfiles de los personajes, así como sus transformaciones personales. Gustavo Pino lo logra mediante una mirada atenta a los pequeños detalles, la acumulación de anécdotas y siempre la mención a un elemento secreto o hasta cierto punto ambiguo que los demás temen mencionar. Es en estos textos donde el autor ha logrado reunir lo mejor de su propuesta narrativa: una escritura directa, profunda y bien direccionada.
Sin embargo, en otros textos pueden notarse algunos detalles que terminan por empañar la lectura global del libro. Si bien la objetividad y el estilo cinematográfico en el lenguaje son destacables, por algunos momentos su uso excesivo le resta agilidad a la lectura, volviéndola monótona y hasta cansina: hay partes donde las descripciones se vuelven innecesarias y sería mejor regresar al desarrollo de las acciones. De igual manera, algunas frases están excesivamente literaturizadas, por lo que pueden caer en el artificio: «Obedecí porque no sabía qué decir en ese momento. Cualquier frase solo hubiera servido para enardecer el fuego de la espera» (p. 108).
De igual manera, por momentos, en algunos textos como «Ojos bien abiertos» o «Dándole tregua a las amarguras», el lenguaje objetivo termina por desconectar al lector con la historia presentada. Una mirada más microscópica de las acciones y personajes, adicionando humor o ambigüedad, le sumarían mucho a la narración.
En general, la lectura de Velero de papel no dejará indiferentes a los seguidores de la prosa de Gustavo Pino. Tiene momentos memorables y que sirven para recordarnos que estamos ante un narrador que ha logrado encontrar una pulsión y tenacidad narrativa de la que pocos pueden preciarse. Es un libro que debe tomarse en cuenta, sobre todo para los lectores que gustan de las historias bien contadas y que aún tienen deudas con el pasado, la memoria y la persona que solían ser y que extrañan de su infancia o adolescencia.

